jueves, 5 de agosto de 2010

Nunca me acostumbrare

“Nunca me acostumbrare a esa señora buscando basura en la puerta de mi casa, nunca me acostumbrare a tu carita de hambre pidiéndome algo de comer”. Con esos versos comienzan a sonar las últimas estrofas de una de las canciones cumbres de “Arbolito”, una de las bandas con más compromiso, al menos desde su música y desde sus letras, que pueden encontrarse hoy en nuestro país.

La canción mencionada se titula “La costumbre”, y en su letra hace mención a todas aquellas cosas que suceden en nuestro país, a las que uno va dando lugar día a día en su cotidianeidad, a pesar de no estar en conformidad con ellas. Sin embargo, hace un llamado de atención hacia los asuntos pendientes que no podemos dejar pasar, que no pueden pasar a ser parte de nuestra vida corriente. A todo eso responde con la exigencia de “nunca me acostumbraré”.

En principio, presenta un panorama que puede, lamentablemente, ser aplicado todos los días en la Argentina de hoy. Y no en la Argentina abstracta, sin definición, esa generalidad que a veces encubre muchas miserias. Puede aplicarse a cada una de las provincias, a cada uno de los departamentos, en cada una de las ciudades. Incluso, a la gran mayoría de los barrios que se encuentran en este suelo.

Sin embargo, una noticia con la que desayunamos todos hoy (no hace falta aclarar que en la configuración mediática nacional, resulta una obviedad que esa noticia será negativa) hizo que esos versos resonaran, tal vez, con más fuerza de lo habitual.

A partir de lo que pudo reflejarse en varios medios (Infobae), se dio a conocer la noticia de un asalto cometido a mano armada en un local de ropa en la ciudad de La Plata. Hasta aquí, de manera repudiable, no existe ningún dato que haga a la noticia destacarse entre muchas otras. Sin embargo, la sorpresa y desconcierto toman protagonismo en la situación al verse la edad del “delincuente” que cometió este hecho: 9 años.

Verdaderamente, se necesitaría un análisis mucho más profundo para determinar que circunstancia debe causar mayor aberración en la mente de los argentinos. Si la corta edad del protagonista de este hecho delictivo, o la naturaleza y familiaridad con la que este hecho se incorporó al inconsciente de la sociedad. Casi sin reparo, en la mayoría de los medios se paso de esta noticia a otra, con una naturalidad aberrante.

Es, precisamente en ese punto, donde comienza a cobrar otra dimensión la costumbre que menciona Arbolito en sus letras. ¿A tal punto ha llegado la cotidianeidad, el día a día de nuestra Argentina, que debemos pasar este suceso como natural?

Sin dudas, esa costumbre, en caso de ser real, debe poner un estado de alarma en nuestras conciencias. En la de la gente que maneja los hilos, pero también en la de aquellos que parecemos tener un rol secundario en la configuración diaria.

La cuestión es simple, tan concreta, que parece una falta de respeto al sentido común no tenerla en consideración. No puede considerarse que un niño (quien lo desee, que ponga en su lugar la palabra “delincuente”, a eso quien escribe nunca se acostumbrará) de tan corta edad cometa un hecho delictivo sea el problema, el inconveniente. Eso, sin dudas, sería mirar con facilismo la situación. Se encuentra al culpable, se dicta la sentencia, y a otro cantar.

El tema va mucho más a fondo. Y el que quiera verlo así, indudablemente debe considerar estos acontecimientos como “síntomas” del problema, que adopta condiciones considerablemente más amplias.

El problema, así, no es que ese niño halla conseguido un arma, ni que éste halla decidido asaltar a una persona, poniendo en riesgo la vida de ambos. La cuestión alarmante gira en torno a la sociedad que lo permite, y que a la hora de afrontar responsabilidades, mira hacia otro lado.

Nadie duda de la gravedad de que una criatura halla robado un local. Pero así también, nadie se cuestiona que ese niño no esté en la escuela, o haciendo algún deporte, o seguramente, porque no tiene un plato de comida en su hogar. Nadie cuestiona la educación recibida por ese niño, nadie cuestiona la precariedad con la que seguramente se ha inyectado a éste. “La culpa no es del chancho, si no de quien le da de comer”, reza el viejo refrán. Y, lamentablemente, nadie se cuestiona que es lo que le estamos dando de “comer” a esos niños.

“Nunca me acostumbraré a tu barrio de lujo enfrente de la villa/nunca me acostumbraré, a ver tu banco vacio en la escuela, fuiste a trabajar” son los versos con los que cierra la canción de la banda de Avellaneda. Esperemos tenerlos en cuenta, para nunca acostumbrarnos.