jueves, 21 de octubre de 2010

Seguimos en pie

"La fuerza del poder y del capital desgarrará tu condición estamos aquí nos hacemos ver todos contra el poder". La frase corresponde a una de las protestas más claras que posee la banda española SKA-P en sus letras. Sin embargo, la misma puede ser aplicada a muchas realidades a nivel mundial. La Argentina, por estas horas, no es la excepción.


Ayer por la tarde, en hechos que todavía no fueron esclarecidos, Mariano Ferreyra, un militante Partido Obrero de tan sólo 23 años, murió tras ser baleado por una patota de la Unión Ferroviaria cuando reclamaba por su reincorporación al Ferrocarril Roca, e intentaba cortar las vías. Además de la muerte de Mariano Ferreyra hubo tres heridos.

El asesinato, y no para menos, desató una ola de conjeturas, respuestas, repudios y manifestaciones que expresan, desde diversas partes y sectores de la sociedad, el rechazo hacia lo ocurrido. Indudablemente, las banderas se levantan contra la violencia, y sobre todo, contra la violencia política que parece, según lo que los medios reflejan, la cuestión que acentúa el conflicto.

A su vez, existe una cuestión que, paradójicamente, no parece reflejarse en ninguno de los ámbitos.


No puede negarse que la violencia política, que las expresiones de brutalidad ligadas a los aparatos orientados desde la teoría hacia la democracia y la expresión de la ciudadanía constituyen una problemática alarmante. Sin embargo, la violencia en los sectores, en este caso sindicales, resulta el síntoma de una dificultad de dimensiones mayores. La irracionalidad en la Argentina, hoy en día, parece extender los límites políticos.


“No creo en políticos ni en militares”, prosigue la canción mencionada al comienzo. De la misma manera, parece seguir la mirada que debe efectuarse sobre la realidad que el país vive por estas horas. Resulta incuestionable que la actividad, que la militancia, que la relación que cada individuo establece con las distintas posturas políticas es vital para entablar un debate en cualquier ámbito. Pero al hablar de violencia, no existen colores, no existen banderas, ni partidos políticos. Poco importa si era militante del Partido Obrero, de la Juventud Peronista, o si era un simple espectador.


La violencia excede cualquier idea, cualquier filosofía, cualquier pensamiento o ideología. La muerte de Rubén Carballo, el joven asesinado por la Policía en el recital de Viejas Locas, así lo prueba. La ausencia de Luciano Arruga, el joven desaparecido en democracia en la madrugada del 31 de enero de 2009 luego de ser detenido por personal policial, no hace más que comprobarlo. El asesinato de Ezequiel Demonty, luego de ser torturado y arrojado al Riachuelo por miembros de la policía, responde a la misma lógica. El mítico caso de Walter Bulacio, asesinado hace ya casi 20 años en las afueras de un recital de Los Redondos le da a la cuestión una fuerza de leyenda.


Sin dudas, la cuestión de la violencia institucionalizada excede, lamentablemente, cualquier postura, cualquier oficialismo u oposición. Será hora entonces, de tomar conciencia como sociedad de una realidad que, cotidianamente, está alcanzando sectores y ámbitos cada vez más extensos y diversos. Sólo en el momento en que se pueda erradicar a la brutalidad de las instituciones, estarán dadas las condiciones para considerar la política en el medio.

“Seguimos en pie”, apunta el estribillo y nombre la canción señalada, en un grito de esperanza y de seguridad. Esperemos, que se levante como bandera para cambiar esta situación.

jueves, 5 de agosto de 2010

Nunca me acostumbrare

“Nunca me acostumbrare a esa señora buscando basura en la puerta de mi casa, nunca me acostumbrare a tu carita de hambre pidiéndome algo de comer”. Con esos versos comienzan a sonar las últimas estrofas de una de las canciones cumbres de “Arbolito”, una de las bandas con más compromiso, al menos desde su música y desde sus letras, que pueden encontrarse hoy en nuestro país.

La canción mencionada se titula “La costumbre”, y en su letra hace mención a todas aquellas cosas que suceden en nuestro país, a las que uno va dando lugar día a día en su cotidianeidad, a pesar de no estar en conformidad con ellas. Sin embargo, hace un llamado de atención hacia los asuntos pendientes que no podemos dejar pasar, que no pueden pasar a ser parte de nuestra vida corriente. A todo eso responde con la exigencia de “nunca me acostumbraré”.

En principio, presenta un panorama que puede, lamentablemente, ser aplicado todos los días en la Argentina de hoy. Y no en la Argentina abstracta, sin definición, esa generalidad que a veces encubre muchas miserias. Puede aplicarse a cada una de las provincias, a cada uno de los departamentos, en cada una de las ciudades. Incluso, a la gran mayoría de los barrios que se encuentran en este suelo.

Sin embargo, una noticia con la que desayunamos todos hoy (no hace falta aclarar que en la configuración mediática nacional, resulta una obviedad que esa noticia será negativa) hizo que esos versos resonaran, tal vez, con más fuerza de lo habitual.

A partir de lo que pudo reflejarse en varios medios (Infobae), se dio a conocer la noticia de un asalto cometido a mano armada en un local de ropa en la ciudad de La Plata. Hasta aquí, de manera repudiable, no existe ningún dato que haga a la noticia destacarse entre muchas otras. Sin embargo, la sorpresa y desconcierto toman protagonismo en la situación al verse la edad del “delincuente” que cometió este hecho: 9 años.

Verdaderamente, se necesitaría un análisis mucho más profundo para determinar que circunstancia debe causar mayor aberración en la mente de los argentinos. Si la corta edad del protagonista de este hecho delictivo, o la naturaleza y familiaridad con la que este hecho se incorporó al inconsciente de la sociedad. Casi sin reparo, en la mayoría de los medios se paso de esta noticia a otra, con una naturalidad aberrante.

Es, precisamente en ese punto, donde comienza a cobrar otra dimensión la costumbre que menciona Arbolito en sus letras. ¿A tal punto ha llegado la cotidianeidad, el día a día de nuestra Argentina, que debemos pasar este suceso como natural?

Sin dudas, esa costumbre, en caso de ser real, debe poner un estado de alarma en nuestras conciencias. En la de la gente que maneja los hilos, pero también en la de aquellos que parecemos tener un rol secundario en la configuración diaria.

La cuestión es simple, tan concreta, que parece una falta de respeto al sentido común no tenerla en consideración. No puede considerarse que un niño (quien lo desee, que ponga en su lugar la palabra “delincuente”, a eso quien escribe nunca se acostumbrará) de tan corta edad cometa un hecho delictivo sea el problema, el inconveniente. Eso, sin dudas, sería mirar con facilismo la situación. Se encuentra al culpable, se dicta la sentencia, y a otro cantar.

El tema va mucho más a fondo. Y el que quiera verlo así, indudablemente debe considerar estos acontecimientos como “síntomas” del problema, que adopta condiciones considerablemente más amplias.

El problema, así, no es que ese niño halla conseguido un arma, ni que éste halla decidido asaltar a una persona, poniendo en riesgo la vida de ambos. La cuestión alarmante gira en torno a la sociedad que lo permite, y que a la hora de afrontar responsabilidades, mira hacia otro lado.

Nadie duda de la gravedad de que una criatura halla robado un local. Pero así también, nadie se cuestiona que ese niño no esté en la escuela, o haciendo algún deporte, o seguramente, porque no tiene un plato de comida en su hogar. Nadie cuestiona la educación recibida por ese niño, nadie cuestiona la precariedad con la que seguramente se ha inyectado a éste. “La culpa no es del chancho, si no de quien le da de comer”, reza el viejo refrán. Y, lamentablemente, nadie se cuestiona que es lo que le estamos dando de “comer” a esos niños.

“Nunca me acostumbraré a tu barrio de lujo enfrente de la villa/nunca me acostumbraré, a ver tu banco vacio en la escuela, fuiste a trabajar” son los versos con los que cierra la canción de la banda de Avellaneda. Esperemos tenerlos en cuenta, para nunca acostumbrarnos.

jueves, 29 de julio de 2010

Escupele el sistema

Escúpele al sistema y nunca dejes de molestar”. Así reza el estribillo de una de las canciones más populares de la banda española que se autodefine a sí misma como anarquista, SKA-P. Sin dudas no es una proclamación de valores muy profunda, ni siquiera el eslogan de un modo de vida. Como toda idea anarquista, aparenta carecer de un uso práctico concreto. Sin embargo, parece responder a cierta filosofía que puede adoptarse para vivir y, sobretodo, sobrevivir intelectual y partidariamente en nuestra Argentina de hoy.

Podría aplicarse a casi cualquier país, a diversas realidades de la América Latina de hoy. No obstante, la realidad bipolar que vive el país desde sus más remota historia nos conlleva a sostener una predisposición casi completa para sostener dicho principio en el espectro político-intelectual.

Es simple, basta con echar un vistazo al día a día, a la cotidianeidad, a las cosas de siempre. El país es peronista o radical, de River o Boca, escucha Los Redondos o Cerati, fue Unitario o Federal, siempre con una bipolaridad casi dicotómica. La actualidad política parece no escapar a esta configuración histórica.

Basta con encender por unos segundos algún programa de TN, y contraponerlo con pocos instantes de 6, 7, 8. Más que nunca, e intensificado por las elecciones que se vienen, el país parece estar dividido bajo una sola consigna: los Kirchner.

Néstor y Cristina, a favor o en contra. La cosa parece no ir mucho más lejos. Que digan que el Partido Comunista está luchando a brazo partido para presentarse. Que digan que hay opciones moderadas. Que digan que existen otras opciones. Que digan lo que quieran. El país se divide, en lo que queda del próximo año, a favor o en contra. Como con la Ley de Matrimonio Igualitario, como con la Ley de Medios, como en toda su historia.

A partir de esto, se pone en evidencia la cuestión de esencia: ¿qué sucede con los sectores que no se encuentran alineados a estas ideas? La respuesta a esto puede ser muy amplia. Que digan que existen sectores alternativos de opinión. Que digan que hay miles de puntos de participación. Que digan que constan medios de expresión e intervención. Esos sectores desaparecen.

No por una decisión personal, ni siquiera por la conciencia colectiva de las personas, o por opciones adoptadas. Desaparecen por decantación. Es simple. Se enciende la televisión, se compra un diario, se escucha la Radio, se va a espacios de participación popular: el resultado siempre es el mismo.

O blanco, o negro. O bueno, o malo. O positivo, o negativo. O todo, o nada. Hablar de síntesis, de grises, de equilibrio, de moderación o mesura en este país puede ser pecaminoso. Simplemente, si uno busca una tercera pata a la cuestión, puede quedar fracasadamente frustrado. ¿La razón? El carácter riguroso de la división argenta.

Y esa división, indudablemente, es la que lleva a las personas a alinearse detrás de partidos, detrás de ideas, detrás de determinados pensamientos. Sin dudas, algo que, lejos de ser negativo, puede incentivar la participación popular y la actividad intelectual.

Sin embargo ¿puede una persona, ser social y natural, estar en total complementación con las ideas de un partido? ¿Puede alguien estar completamente de acuerdo con las líneas a seguir de las ideologías partidarias? ¿Puede siempre la oposición estar equivocada para el oficialismo, y viceversa? Difícilmente.

Pese a esto, el país parece nunca dar cuenta de un equilibrio racional. El otro parece siempre estar equivocado, y la razón resulta casi un patrimonio personal de cada persona. Esto, indudablemente, se hace extensivo a las instituciones que dichas personas conforman, y los partidos políticos no parecen escapar a esto.

No existe la esperanza de prender la televisión y ver a un conductor de TN elogiando una medida del Gobierno Nacional, ni de ver a un panelista de 6, 7, 8 criticando una decisión de la presidenta. No se encuentran indicios en los últimos meses de poder de leer un titular de Clarín positivo sobre alguna acción de este mandato, así como de escuchar algún medio oficialista criticarla.

Lo que no puede tolerarse es que la gente se crea esa verdad sesgada, esa verdad parcializada, cargada en ambos casos de una subjetividad, de una ideología completamente adecuada a los intereses de cada sector. No puede aceptarse que se convenza a la población de que no existen otras alternativas, otras formas de pensar. Que la política, como todo, tiene cosas buenas y cosas malas. Que la gestión de los Kirchner, como todo, tiene cosas positivas así como negativas. Que la oposición presenta alternativas tangibles, pero aspectos sobradamente contradictorios. Que nada, en este país, escapa al sentido común, a la configuración ordinaria.

Nunca voy a creer al anarquismo como una vía de solución, más bien creo que puede ser una postura en contra de lo que se presenta como alternativa, pero no alternativa en sí mismo. Pese a esto, en la Argentina de hoy no parece existir opción que escupirle al sistema. No dejar de molestar, lamentablemente, es la alternativa.