jueves, 29 de julio de 2010

Escupele el sistema

Escúpele al sistema y nunca dejes de molestar”. Así reza el estribillo de una de las canciones más populares de la banda española que se autodefine a sí misma como anarquista, SKA-P. Sin dudas no es una proclamación de valores muy profunda, ni siquiera el eslogan de un modo de vida. Como toda idea anarquista, aparenta carecer de un uso práctico concreto. Sin embargo, parece responder a cierta filosofía que puede adoptarse para vivir y, sobretodo, sobrevivir intelectual y partidariamente en nuestra Argentina de hoy.

Podría aplicarse a casi cualquier país, a diversas realidades de la América Latina de hoy. No obstante, la realidad bipolar que vive el país desde sus más remota historia nos conlleva a sostener una predisposición casi completa para sostener dicho principio en el espectro político-intelectual.

Es simple, basta con echar un vistazo al día a día, a la cotidianeidad, a las cosas de siempre. El país es peronista o radical, de River o Boca, escucha Los Redondos o Cerati, fue Unitario o Federal, siempre con una bipolaridad casi dicotómica. La actualidad política parece no escapar a esta configuración histórica.

Basta con encender por unos segundos algún programa de TN, y contraponerlo con pocos instantes de 6, 7, 8. Más que nunca, e intensificado por las elecciones que se vienen, el país parece estar dividido bajo una sola consigna: los Kirchner.

Néstor y Cristina, a favor o en contra. La cosa parece no ir mucho más lejos. Que digan que el Partido Comunista está luchando a brazo partido para presentarse. Que digan que hay opciones moderadas. Que digan que existen otras opciones. Que digan lo que quieran. El país se divide, en lo que queda del próximo año, a favor o en contra. Como con la Ley de Matrimonio Igualitario, como con la Ley de Medios, como en toda su historia.

A partir de esto, se pone en evidencia la cuestión de esencia: ¿qué sucede con los sectores que no se encuentran alineados a estas ideas? La respuesta a esto puede ser muy amplia. Que digan que existen sectores alternativos de opinión. Que digan que hay miles de puntos de participación. Que digan que constan medios de expresión e intervención. Esos sectores desaparecen.

No por una decisión personal, ni siquiera por la conciencia colectiva de las personas, o por opciones adoptadas. Desaparecen por decantación. Es simple. Se enciende la televisión, se compra un diario, se escucha la Radio, se va a espacios de participación popular: el resultado siempre es el mismo.

O blanco, o negro. O bueno, o malo. O positivo, o negativo. O todo, o nada. Hablar de síntesis, de grises, de equilibrio, de moderación o mesura en este país puede ser pecaminoso. Simplemente, si uno busca una tercera pata a la cuestión, puede quedar fracasadamente frustrado. ¿La razón? El carácter riguroso de la división argenta.

Y esa división, indudablemente, es la que lleva a las personas a alinearse detrás de partidos, detrás de ideas, detrás de determinados pensamientos. Sin dudas, algo que, lejos de ser negativo, puede incentivar la participación popular y la actividad intelectual.

Sin embargo ¿puede una persona, ser social y natural, estar en total complementación con las ideas de un partido? ¿Puede alguien estar completamente de acuerdo con las líneas a seguir de las ideologías partidarias? ¿Puede siempre la oposición estar equivocada para el oficialismo, y viceversa? Difícilmente.

Pese a esto, el país parece nunca dar cuenta de un equilibrio racional. El otro parece siempre estar equivocado, y la razón resulta casi un patrimonio personal de cada persona. Esto, indudablemente, se hace extensivo a las instituciones que dichas personas conforman, y los partidos políticos no parecen escapar a esto.

No existe la esperanza de prender la televisión y ver a un conductor de TN elogiando una medida del Gobierno Nacional, ni de ver a un panelista de 6, 7, 8 criticando una decisión de la presidenta. No se encuentran indicios en los últimos meses de poder de leer un titular de Clarín positivo sobre alguna acción de este mandato, así como de escuchar algún medio oficialista criticarla.

Lo que no puede tolerarse es que la gente se crea esa verdad sesgada, esa verdad parcializada, cargada en ambos casos de una subjetividad, de una ideología completamente adecuada a los intereses de cada sector. No puede aceptarse que se convenza a la población de que no existen otras alternativas, otras formas de pensar. Que la política, como todo, tiene cosas buenas y cosas malas. Que la gestión de los Kirchner, como todo, tiene cosas positivas así como negativas. Que la oposición presenta alternativas tangibles, pero aspectos sobradamente contradictorios. Que nada, en este país, escapa al sentido común, a la configuración ordinaria.

Nunca voy a creer al anarquismo como una vía de solución, más bien creo que puede ser una postura en contra de lo que se presenta como alternativa, pero no alternativa en sí mismo. Pese a esto, en la Argentina de hoy no parece existir opción que escupirle al sistema. No dejar de molestar, lamentablemente, es la alternativa.